DE MAPUCHE Y CHILENOS (O MESTIZOS): LA NEGACIÓN DE LO PROPIO (+ leídos históricos)

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mapuchesPor motivos de una pequeña investigación sobre la población afro descendiente en el Chile colonial que realizaba en los archivos del Arzobispado de Santiago, tuve la sorpresa de encontrarme con un documento o partida de matrimonio de mediados del siglo XVIII, en donde se registraba el matrimonio entre un esclavo negro y una india. Pues bien, lo extraordinario por cierto no tenía que ver con los sujetos, ya que, recordemos, la población de aquel período estaba compuesta mayoritariamente de mestizos, indígenas y afrodescendientes (o castas), sino que lo extraordinario venía precisamente de lo que significaba para mi experiencia inmediata y, para lo que se puede denominar, como mi „identidad?. Dejaré esta historia en suspenso. La realidad que es concomitante a nuestra experiencia es, por así decirlo, „historizable?; es decir, rastreable en el tiempo. Así mismo lo es nuestra identidad. El que ocupe el plural para referirme a un „nosotros?, rebasa lo mero retórico para poder hacerme de una problemática que engloba varios aspectos de las opiniones que tenemos sobre, en primer lugar, nosotros y, luego en segundo lugar, sobre la sociedad de la cual ineluctablemente somos miembros. De esta manera, la identidad y la realidad se conjugan en un fenómeno de retroalimentación continua en donde confluyen un sinnúmero de elementos para constituirnos en sujetos dinámicos y en permanente movimiento. Apelar, entonces, a identidades inmutables o „a-históricas? es querer ir en contra de un proceso de carácter social poderoso y por lo tanto, asumir una condición falsa. Estas cuestiones que son más bien de índole teórico, sólo pretenden dar cuenta de lo que a continuación comentaré.

El movimiento mapuche que en estos momentos llama la atención de las autoridades del gobierno y la morbosa e inescrupulosa verborrea de los grandes consorcio periodísticos y televisivos, no es solamente la aún no resuelta problemática del pueblo-nación mapuche, sino también –aunque de manera soterrada- la problemática de la población winka en tanto su identidad como „chileno?.

En momentos en que se aproxima la celebración del „bicentenario? de la república, podemos detectar que ya desde varios años se han ido gastando ingentes sumas de dinero en “proyectos bicentenarios”, que gran parte corresponden a una inversión en „cultura?, o lo que es lo mismo, en „identidad?. Un esfuerzo tan avasallador también fue puesto en marcha en los albores de la celebración del primer centenario. Tal como ahora, en el pasado, el gobierno pretendía consolidar una identidad „nacional? que, distaba de haberse posicionado en todo el cuerpo del país. En la actualidad, quizás esto es un tanto diferente, pues las „banderas?, los „escudos? y la „cueca? son proclamadas con una naturalidad y normalidad que ya no necesitan las autoridades forzarlas (como otrora)… ¿o sí? Pues bien, podemos decir sin mayor rodeo que el proyecto identitario de la elite decimonónica ha, por fin, calado hondo. Sin embargo, más allá de la pirotecnia patriotera y (ultra) nacionalista, la unidad de la identidad parece flaquear al indagar en la heridas históricas del pueblo que, dependiendo del lugar o tiempo, se ha utilizado la bandera (y en nombre de ella) para violar sistemáticamente los derechos civiles y humanos (una larga lista que comienza en la temprana época de la „independencia?, en contra del peonaje rural), en donde se instalan, por supuesto, la violencia y despojo contra el pueblo-nación mapuche. Sin tener que volver sobre los detalles de esta historia, lo que me interesa, a modo de interpelación, es llamar la atención sobre la incomodidad que surge en el momento de conversar sobre lo mapuche y
sobre el conflicto del sur. Muchos optan por la indolente indiferencia (como si aquello fuera una novedad en la actualidad), pues, a través, de los mass media lo ha confinado a un conflicto lejano geográficamente, en donde, para nosotros no nos compete y por lo tanto estamos „a salvo?. Una segunda respuesta a este asunto, es la despectiva y reaccionaria imagen racista que se posiciona como una barrera que me diferencia de lo otro, es decir, de lo indio, lo bárbaro, lo involucionado. Estos epítetos, que comprenden un espectro mucho más amplio de imaginarios (que aunque no nos guste se encuentran calados incluso en los imaginarios populares) culturales históricamente instalados y a base de ideas colonialistas occidentales, han logrado configurar una epísteme o forma de ver y entender el mundo, muy limitantes y por lo tanto, nocivas desde el punto de vista de la comprensión de los fenómenos sociales y políticos. La respuesta, ante la reivindicación de las comunidades mapuche, es de abierto rechazo, y alineación acrítica con las posturas de gobierno y de los empresarios y latifundistas de la región de la Araucanía. Le hacemos, por así decirlo, „el piso? al poder desplegado y a la represión, es decir, lo legitimamos y somos cómplices silenciosos de la aplicación de la violencia utilizada unilateralmente por parte del Estado. Ante estas delicadas situaciones, cabe hacer la pregunta ¿por qué no intentar otro tipo de acercamiento con el mapuche? Dicho de otra manera, si por un lado levantamos la figura de un mapuche indómito, guerrero y valeroso, como signo patente del „genio chileno? (es decir mítica), por otro lado, lo rechazamos abiertamente como grupo humano o como interlocutor válido, y abrazamos una cultura occidental depredadora, dándonos vuelta para evitar reconocer que en el fondo (y físicamente) tenemos algo de aquel que rechazamos. La cuestión del mestizaje, entonces, se torna el eje articulatorio y problemático del asunto. Nos sentimos mestizos, sí, pero un mestizo mucho mas “blanqueado”. Al aceptar este hecho, negamos en consecuencia aquellos que somos, pues no solamente queremos blanquearnos físicamente sino que culturalmente, queremos deshacernos de un „lastre? indeseado, en fin, realizar una metamorfosis (guardando la proporciones eso sí) al estilo del finado Michel Jackson…un patético viaje de desgarramiento interno.

Ahora vuelvo sobre la historia que dejé esbozada al principio. La búsqueda que hacía en aquellos archivos se volvió riquísima e incluso iluminadora. La partida de matrimonio entre una india y un negro esclavo a mediados del siglo XVIII, develaba las identidades en formación de este „pueblo? que ahora reniega de lo que es. Desde la soledad de mi asiento en aquel depositario, veía con orgullo y alivio, encontrar parte de mi identidad, pues la madre de aquella india (que podría haber sido mapuche) se llamaba “Mónica Nilo” (ambas naturales del partido del Maule, que venían a corroborar mis supuestos). Por lo tanto, un pequeño eslabón del mestizaje, venidos de dos vertientes sociales, históricamente negadas en la „historia patria? (los indígenas y los esclavos negros, que sea dicho de paso, se ha enseñado en los colegios que los esclavos negros solo vinieron de paso –para Encina “afortunadamente” desaparecieron sin dejar huella en la población- ¡Qué acto más criminal y racista de parte de los historiadores chilenos de fines del XIX y del siglo XX!) Así, de esta manera, sin importar cuán voluntarista hubiese sido éste mi acto de apropiación de aquellos sujetos del pasado como familiares remotos, lo importante es ver cuánto se distancian nuestras identidades y, en consecuencia, de nuestra sociedad. Esto es lo que nos incita a reflexionar el “conflicto” Mapuche (que en rigor, y tal como lo dijo Sergio Caniuqueo –uno de los autores del interesante libro ¡…Escucha Winka…!-“se dice conflicto como si nosotros lo hubiésemos iniciado”, es decir, como si los propios mapuche lo hubiesen comenzado, siendo que fue el Estado chileno el que invadió y despojó su territorio). La porfiada historia, siempre volverá sobre nosotros, a reclamar por los olvidados y postergados; a abrir las heridas no sanadas…
Andrés Nilo Zepeda.
Estudiante de Licenciatura en Historia,
Universidad de Chile

Comentarios   

+1 #1 verónica padilla veropadilla@gmail.com 28-12-2016 01:20
excelente y nutritiva cronica ..gracias +
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